MJ Rodriguez | La belleza de Níjar y sus jarapas
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La belleza de Níjar y sus jarapas

La belleza de Níjar y sus jarapas

Níjar: belleza, tradición, Andalucía.

Es desde principios de año uno de los pueblos más bonitos de España.

Un merecido y reciente reconocimiento otorgado por la asociación del mismo nombre.

Se añade, así, otra razón para visitar esta villa perteneciente al término municipal de Cabo de Gata. Popular, me atrevo a decir, a partes iguales por la cercanía de sus majestuosas playas y su tradicional modo de vida: las jarapas y la cerámica.

Historia y tradición entre casas blancas y calles de estructura árabe. Numerosos motivos para desplazarme hasta esta zona almeriense y aprender de mis orígenes.

Allí permanece reluciente y viva su artesanía y algo más que centenario: las jarapas.

Retales de tela en desuso que se reciclaban y adquirían por lo tanto una nueva vida con la ayuda de los telares, prácticamente extinguidos.

¿Y cuánto hace de eso? ¿Qué uso tenían? Me empeño en entender mejor el proceso de necesidad, después de negocio y más tarde de supervivencia de este producto.

Los telares suponían la economía familiar en numerosas viviendas. Madera, hilo y ropa en busca de una nueva vida daban forma a toda esta amalgama de colores.

Hace 50 años estaban repartidos por el pueblo. ¿Hoy? Apenas quedan 3.

Encontramos el primero de ellos en la calle principal del mismo, en Federico García Lorca.

Allí Jesús López, casi imperceptible debido al gran número de objetos que lo rodea, nos da la bienvenida y nos cuenta: “Nací aquí en Níjar, me formé en Barcelona y de vez en cuando cojo la furgoneta y me voy a Francia donde hay un gran número de clientes enamorados de las jarapas”.

Apasionado del proceso artesanal, aún conserva la joya de la corona de su negocio. Un telar con el que demostrar hoy en día a los curiosos y turistas el funcionamiento del pasado. Una máquina con más de cien años que se niega a desaparecer a pesar de la incontrolable  industrialización.

¿Y cuál es el funcionamiento? “Primero los restos de tela que vamos a utilizar se colocan en la canilla y se coloca en la lanzadera del telar”, relata sin perder de vista la labor. “Se coge la trama que se entrelaza entre los hilos y al cambiar de pie algunos hilos suben y otros bajan”, explica López.

De este telar salen piezas de 70 cm de ancho (y evidentemente sin fin de largo) que van desde los 25 a los 75 euros.

Mientras nos señala los tres tipos de jarapas que se pueden adquirir en el mercado (la sencilla, la de pelo doble y la trapera) y a pesar de que le habrán preguntado en numerosas ocasiones por la herencia del negocio, se le cristaliza la mirada al relatarnos que sus hijos no van a continuar con él. Última generación. “Este oficio desaparecerá, estoy seguro”, augura.

Hay una historia cercana y distinta a la de él. La de una mujer que sí creció entre telares en el seno de mujeres tejedoras.

Recorremos las calles de este precioso pueblo en su búsqueda y nos atiende sin previo aviso. Pura improvisación y generosidad. “La tienda de los Milagros” e Isabel Soler, dulzura infinita:

-Este telar es de mi abuela y la recuerdo aquí sentada. La única diferencia es que ahora es de alambre y antes de hilo. Mi madre y mi padre también tejían y teníamos la casa llena de telares… Era una época sencilla, se vivía de las tierras y de pequeña fui testigo de cómo los hombres del campo venían de sus cortijos con sacos llenos de retales. Apuntaban su nombre en los mismos y aquí les preparábamos sus jarapas.

-Ahora se usan sobre todo como alfombras, pies de cama… ¿y antes?

-Servían prácticamente para todo. Las mujeres hacían su ajuar y mi abuela hasta las mantas que portaban los mulos. La poníamos en las camas para abrigarnos, como esterillas para la hogaza de pan, para los mandiles… sábanas, manteles, ropa, ¡hasta los somieres se cubrían con jarapas para proteger el colchón de los alambres!

 

Ahora ella mantiene la tradición viva, tanto es así que el enebrado que ella cose “viene de la época musulmana: su nombre es alpujareño y se teje con 4cuatro pedales y cuatro bastidores”.

Y se ha reinventado: “Confecciono telas de tintes naturales con plantas de la zona: rubia, olivarda, cáscara de la granada”, y declara: “No es mi negocio, es mi pasión”.

La inspiración no es casualidad. Vive en una casa rodeada de naturaleza junto a su marido, Matthew Weir. Londinense y artista de la cerámica, dispone incluso de su propio horno. “Él ha sabido adaptar la alfarería tradicional a su arte” y añade: “¿Sabes? Trabajaba con plomo y galena, algo que ya ha desaparecido”.

Ambos defienden la identidad de lo propio, de lo original. De veinte alfaferías que había, ahora hay 3. De cincuenta telares, 3 también.

“Pasa el tiempo, cambia la sociedad… llevamos 30 años en esto. Vienen incluso los hijos de nuestros primeros clientes”. Es la satisfacción y la recompensa de lo atemporal: al mundo que conocieron y que gracias a ellos perdura.

Larga vida a la belleza de Níjar. Y a sus costumbres.

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