MJ Rodriguez | Los Niños de la Sonrisa Saharaui
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Los Niños de la Sonrisa Saharaui

Los Niños de la Sonrisa Saharaui

94 niños saharauis llegaron a la Región de Murcia el pasado mes de julio.

Venían del desierto de cinco campamentos diferentes donde los recogían en camionetas y autobuses para llegar a Tindouf y Orán después, y desde allí, tras un largo viaje de más de 24 horas, llegaban a Alicante huyendo de las altas temperaturas, “con lo puesto” y con infinitas ganas de disfrutar de dos meses de verano en nuestro país.

Así fue su llegada:

Detrás de cada una de estas familias hay una historia.

Algunos de los padres de acogida que entrevisté lo hacían por primera vez motivados por amigos y conocidos que habían pasado por esta experiencia otros años.

También encontré matrimonios sin hijos, como es el caso de Ginés e Isa: “Decidimos ser padres de acogida porque nos apetecía. Somos solidarios y desde hace tres años nos gusta tener a Jadiya con nosotros”.

“Realmente estos niños suponen más que un hijo propio porque estás 24 horas al día con ellos. La relación afectiva que tenemos es muy fuerte y es realmente duro cuando se marchan a su país”.

Los pequeños viven sentimientos encontrados ya que en la Región disfrutan de todo lo que no tienen en el Sáhara (piscina, playa, parques acuáticos…) sin embargo, tras dos meses echan de menos a sus familias biológicas.

En concreto Jadiya vuelve con 7 kilos más, ropa nueva, material escolar y productos de higiene, pero no todos los recuerdos son materiales: “Aprenden un idioma, el valor de las cosas y el respeto hacia los demás”, afirma Ginés.

La labor de este padre de acogida no acaba cuando Jadiya, a la que ha querido y educado durante 60 días sin descanso, sube al autobús que la trasladará hasta el aeropuerto de Alicante. Además de ser el vicepresidente de la Asociación Sonrisa Saharaui, es cooperante con Bomberos en Acción:

“En abril estuve 15 días en El Aaiún, al este del páis, instalando depósitos de agua a 56 familias de aquella región y también reformamos los baños de dos institutos. En noviembre volvemos con más proyectos”.

Llegó el momento de la despedida. Algunos de estos niños regresarán el próximo verano aunque otros han cumplido los 13 años y deben dejar paso a las nuevas generaciones.

José Manuel, de 10, tiene claro que repetirá.

 

-¡Tiene nombre español!

-Sí, su hermano mayor también fue un niño de acogida. Lo traían a Cuenca cada verano y José Manuel es el nombre del padre que lo acogió: fue la manera que tuvieron de darle las gracias.

 

Me lo cuenta Joana, quien tiene dos hijos biológicos de 11 y 4 años y decidió ser madre de acogida por ayudar. Lo que ella no se esperaba era que fuese José Manuel quien los ayudase a todos ellos:

“Mi hijo pequeño, Marco, ha estado siempre muy mimado. Entraba a una tienda y sí o sí había que comprarle algo. Eso José Manuel no lo entendía y le llamó la atención. Desde entonces ese comportamiento caprichoso ha cambiado, ¡ya no pide nada!”.

“Este niño nos ha cambiado la vida”, añade emocionada cuando se despiden a las puertas del autobús, ya que hay distintas maneras de ser y sentirse padres y la del acogimiento es una de ellas.

Los padres de acogida reciben, protegen, comparten, ayudan y dan lo mejor de sí con la certeza de que tendrán que despedirse.

Una muestra de solidaridad que marca de por vida la eterna sonrisa de los niños saharauis.

 

 

*Si deseas ponerte en contacto con la Asociación Sonrisa Saharaui puedes hacerlo en el 617 519 942 / 606 767 681.

4 Comentarios
  • Ginés
    Publicado a las 23:03h, 03 septiembre Responder

    Precioso María José.

    Es un placer inmenso poder compartir 2 meses al año con estos peques, nosotros les enseñamos y ellos nos enseñan a nosotros.
    No se puede calcular el valor del cariño que nos dan y la tristeza que se nos queda cuando marchan aun sabiendo que en el desierto les espera su familia biológica.

    Gracias María José por divulgar este artículo a través de tu blog, un granito de arena para concienciar a muchas otras familias a que se unan a Sonrisa Saharaui para Vacaciones en paz 2018

    Ginés Vergara

  • JOANA
    Publicado a las 23:04h, 03 septiembre Responder

    Gracias,María José, por hablar de nosotros con tanta dulzura y sensibilidad. Tus palabras describen perfectamente cómo nos sentimos los papás de acogida.Un beso muy fuerte!

  • Isabel
    Publicado a las 09:55h, 04 septiembre Responder

    Cuando se da TANTO, y ese TANTO no es un puñado de euros sino una montaña de amor la recompensa te hace rico en miradas,abrazos, sonrisas y en lazos que no entienden de fronteras, que no se rompen y que el tiempo y el espacio no separan jamás.
    SIN ESPERAR NADA.
    Cuanto significado tiene esta frase. A veces trato de descifrarlo, quiero ahondar en su profundidad, recrearme en su sentido y saborear sus palabras.
    Hoy me he acercado a su sencillez, hoy he visto lo que sale del alma y lo hermoso que es DAR sin esperar a través de estas familias de acogida.
    María José solo una palabra GRACIAS

  • Eva
    Publicado a las 22:14h, 06 septiembre Responder

    Quiero contarte una vieja historia. Hace muchos años, una periodista en prácticas le hizo una entrevista a una niña saharaui a la que le acababan de operar un ojo en un hospital español gracias a los programas de ayuda humanitaria. El día de antes de la entrevista le conté a mi madre el encargo. Yo tenía miedo de encontrarme con una niña asustada o desconfiada en una cama del hospital, además era su primer viaje a España y no dominaba nuestro idioma. Mi madre me dijo que a esa niña, que venía de un lugar con tantas restricciones, le gustaría recibir un regalo. ¿Un regalo? Mi madre se rió ante mi cara de sorpresa. Sí, un regalo, pero un regalo de algo tuyo a lo que le tengas mucho cariño. Miré a mi alrededor y no sabía qué le podría gustar a una niña de 7 años. Mi madre volvió a sonreír y cogió un oso de color azul que reposaba en una estantería repleta de libros. El oso tenía ya algunos años y me pareció que no estaba en condiciones. Lo cierto es que le tenía mucho cariño, esa condición la cumplía. De nuevo mi madre dijo: déjame a mi, ya verás. Bien, al día siguiente el oso estaba dentro de un paquete de regalo. Vaya, qué intriga. Llegó el momento de la entrevista. La niña apenas hablaba y el traductor hizo lo que pudo para darme información sobre su complicada operación y sobre su vida en los campos de refugiados. Al terminar, saqué el paquete de regalo. Al abrirlo el rostro de la niña se iluminó y abrazó con todas sus fuerzas al osito azul que estaba en perfecto estado. Mi madre lo lavó con mucho cuidado, lo dejó impecable y le puso un lazo azul celeste en el cuello bien planchado. Ese oso nunca estuvo tan bonito, elegante y tan bien abrazado. Siempre que veo a los niños saharauis me pregunto qué fue de aquel oso, qué fue de aquella niña preciosa, imagino que podría ser la madre de algunos de los niños de tu reportaje. Ojalá que los niños saharauis sigan entregándonos sus abrazos. Felicidades por tus reportajes.

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